
Al recorrer un supermercado, ¿ha notado este tipo de empaque: la etiqueta de un cubo de plástico está totalmente integrada con el cuerpo del envase sin bordes sobresalientes, o el diseño de un frasco cosmético no se borra ni se despega aunque se limpie constantemente con toallitas húmedas? Detrás de estos envases que combinan estética y durabilidad se encuentra un proceso clave: el etiquetado en molde (IML).
Como motor de innovación en la industria del embalaje, el etiquetado en molde se ha consolidado en sectores como la alimentación, productos del hogar y cuidado infantil. El etiquetado tradicional opera bajo el esquema de "primero el envase, luego la etiqueta" (se fabica el recipiente neutro y después se pega con adhesivo), mientras que el IML realiza el moldeado y etiquetado de forma simultánea. Básicamente, la etiqueta nace junto con el contenedor, integrándose directamente en su estructura.
Las etiquetas diseñadas (por lo general de PET o PP, resistentes a altas temperaturas y a la tracción) se cortan con la medida exacta del molde. Algunas reciben un tratamiento antiestático y antiadherente para garantizar una manipulación y transporte automatizados óptimos.
Un robot automatizado coloca con precisión la etiqueta dentro de la cavidad del molde, asegurando que la cara impresa quede hacia el interior (para prevenir el desgaste) y la cara neutra hacia el exterior (para fundirse con el plástico fundido).
Se inyecta resina plástica a alta temperatura (como PE o PP) en el molde. Durante el enfriamiento y la solidificación, el plástico se integra completamente con el reverso de la etiqueta, dejándola incrustada en el envase: al abrir el molde, se obtiene el producto etiquetado de forma definitiva.


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